El amor en tiempos de IA

Estoy en el andén esperando el subte para ir al diario y a pocos metros una chica toca en la guitarra y canta Where is my mind?, de Pixies. Me acuerdo que sonó el en el bar el día que conocí a Agustina. 

A la noche le mando el tema por Whatsapp y le cuento sobre esta epifanía subterránea. Ella me responde con un fotograma del último plano de El Club de la Pelea. Aunque recuerdo bien la trama, revivo como me sentí cuando vi esa escena hace un millón de años. Salí del cine con una sensación de euforia, de omnipotencia, de que todo era posible. 

Y así es como me siento desde que estoy con ella. Estoy en uno de esos momentos poco frecuentes en los que creo que tengo todo lo que necesito, en los que siento que estoy en el lugar indicado en el momento justo. 

Desde el primer día que salí con Agus me dan ganas de contarle a todo el mundo que conocí a alguien increíble. A mis amigos, a mi familia, a mis compañeros de trabajo. De gritarlo con un megáfono. Pero casi no lo hago. Siento que cualquier respuesta que me den me va a parecer poco, que estoy solo en esto.

Una mañana estoy chateando con ella y la percibo un poco rara. Ella se da cuenta de que me doy cuenta. Los puntos suspensivos de Whatsapp bailan, el mensaje no llega. No parecen ser buenas noticias. Al rato me dice que el fin de semana estuvo hablando con su ex y que quedó re mambeada. Stop. Vaya punto de giro. De repente aparece un personaje en nuestra historia que no tenía previsto hasta ese momento.

Me hago el que no pasa nada, digo algún chiste, jaja… Lo último que quiero es interrogarla. Pero quedo bastante perturbado. Me había re tirado a la pileta con ella, había interpretado por su relato que estaba emocionalmente disponible como yo. Mientras viajo en subte hacia el trabajo, en el feed de Instagram me aparece un cartelito que dice: “¿Te vas a poner mal por alguien que viste solo tres veces?”

Es cierto, no lo había pensado. ¡Nos vimos solo tres veces! Pero es que además chateamos todos los días, a cualquier hora. A la noche nos reímos juntos sin importar lo que haya pasado en el día, nos acompañamos en momentos duros. Es una especie de vínculo súper acelerado y solo posible en esta época. 

Cuando estoy volviendo a casa, medio en broma se me ocurre ver qué tiene para decirme Grok, la IA de Elon Musk. Un poco por curiosidad, como de prueba, le escribo: “Salí 3 veces con una chica, nos llevamos muy bien pero de repente se puso un poco rara. Me dijo que había hablado por teléfono con su ex y había quedado mambeada. ¿Qué me recomendás?” 

La respuesta de Grok me sorprende. Por empezar, interpreta la palabra “mambeada” a la perfección. Es bastante larga pero concisa y empieza diciendo: “parece que estás en una situación complicada y emocionalmente confusa.” Sí, ya sé. 

Me plantea un panorama que podría resumirse en tres ejes. 

  1. Darle espacio pero no desaparecer. 
  2. Evaluar tus propios sentimientos
  3. Hablar claro cuando sea el momento. 

El que más me interesa es el punto dos: “Reflexioná qué querés vos de esto. Si te gusta mucho y le ves potencial, quizás valga la pena esperar a que ella aclare su cabeza. Pero si esto te genera inseguridad o drama innecesario, también es válido reconsiderar si querés seguir invirtiendo energía”. Sí, me gusta mucho. Vale la pena. 

Lo que empezó como una prueba tiene repercusiones concretas. Aunque por un lado me siento un poco tonto prestándole atención a la respuesta de una máquina, por otro lado me parece pertinente, me hace pensar en lo que me pasa y me da una sensación de contención en tiempo récord. 

Me causa gracia su uso de lenguaje coloquial cuando cierra diciendo: “no te quedes con suposiciones porque eso solo te va a comer la cabeza”. Y aunque no sigo los pasos de Grok al pie de la letra ni mucho menos, tengo que reconocer que me ayuda.  

Me doy cuenta también de que al acudir a un chatbot, estoy perdiendo la posibilidad de hablar con un amigo, de conectar con otro ser humano. Pero no es menos cierto que todos estamos con mil cosas, cada cual en su mundo. 

Esa noche, hablamos con Agus de cualquier cosa menos de lo que pasó a la mañana. Ella toma posesión de mis parlantes a través de Spotify y me lleva en un viaje a través de parte de la obra de Andrés Calamaro, un artista que no tenía presente últimamente. Me calamariza. Cuando suena Me arde, le digo que es exactamente así como me sentí ese día.  

Al poco tiempo volvemos a salir juntos. Vamos a ver un documental sobre Oasis que proyectaban en festival de cine: Supersonic. Si acaso por una de esas casualidades fuiste a esa función, nosotros éramos los dos freaks que estuvieron toda la película abrazados haciéndose mimos en el medio de la sala. Me quedará sonando en la cabeza ese tema por varios días:

I need to be myself, 

I can’t be no one else,

I’m feeling supersonic,

Give me gin and tonic.

Sí, esa noche me siento yo mismo mientras caminamos juntos por la calle Corrientes. En los besos con gusto a fugazzeta mientras todo el mundo se está yendo de Güerrín. En ese último abrazo perfecto que quiero que dure para siempre, mientras la luz de la mañana entra en la habitación. 

Aunque me muero de ganas de verla una y mil veces más, cada vez parece más claro para los dos que estamos en momentos distintos. Nos vamos soltando lo mejor que podemos, tratándonos bien como lo hicimos estos meses de película. A medida que pasan los días, nos seguimos escribiendo para agradecernos por lo que vivimos juntos, por habernos despertado al sentir, por habernos hecho brillar.

En uno de los mensajes ella me dice que siempre se va a acordar de mi sonrisa mientras le decía “me gusta como me mirás”. Y sí, siento que verme reflejado en su mirada me cambió hasta un punto que tal vez no logro comprender. 

Una noche voy a buscar a Luis. Pongo en marcha el auto:  

-Mañana vamos con las tías a un museo… de cuadros.

-¿Va a estar la Mona Lisa?

-Mmm… No, no va a estar la Mona Lisa. 

Cuando llegamos al Museo de Arte Latinoamericano, lo primero que hacen los chicos es ponerse a trepar en la rampa. Es un día soleado, hermoso, y propongo quedarnos todo lo que quieran jugar allí, pero con un rato les alcanza. Entramos. 

De repente, a medida que subimos las escaleras mecánicas, empiezo a sentir que todo el frío del universo se concentra en ese edificio. Recorro las salas como si estuviera en el tren fantasma. Los cuadros me lastiman. Intento disimularlo lo mejor que puedo, no quiero arruinar el paseo. 

Los chicos tampoco conectan mucho con esas obras. Aunque la tía mayor les explica sobre los autores para generarles curiosidad, lo que más les llama la atención es el ascensor vidriado. 

Salimos.

-¡Starbucks! ¡Starbucks! ¡Starbucks!

-¿Starbucks? Hay un millón de cafeterías más lindas.

-¡Starbuck! ¡Starbucks! ¡Starbucks!

 -Ok, está bien… vamos a Starbucks. 

A pesar de su intento por mantener la sonrisa de rigor, mi malestar se refleja en la mirada incómoda de la cajera el rato que lleva hacer el pedido. Después de tomar la merienda, atravesamos la feria de artesanías y la multitud de paseantes solo me hace sentir cada vez más solo. 

En un momento le digo a mi hermana que quiero separarme un rato. Camino unos metros y paso junto a un violinista. La melodía me resulta muy conocida. A los pocos segundos me doy cuenta de que se trata de Can’t help falling in love, de Elvis. Está en la playlist de lentos que hice para bailar con Agustina. Es el punto cúlmine de la desolación. 

A partir de entonces todo parece empezar a mejorar. Al día siguiente me encuentro en una pizzería con mis amigos. Hablamos, nos reímos, nos contamos en qué andamos cada uno. Estamos más o menos bien. 

Aunque hoy proliferan los discursos que enfatizan el mandato de sentirnos completos independientemente de los demás, todos estamos profundamente interconectados. Cada relato, cada interacción, cada gesto nos influye, siempre en diálogo con nuestra propia historia. Y de algún modo siento que el encuentro con Agustina me ayuda a superar barreras que venían desde el comienzo.

El lunes llego del trabajo y después de cenar me acuesto en el sillón. Miro el último mensaje que me mandó y solo le respondo: gracias a vos. Poco a poco me empiezo a sentir en un estado de paz en el que nunca estuve en mi vida. No entiendo bien qué me está pasando, es algo completamente nuevo. No tengo pensamientos, solo una sensación hermosa. Me quedo acostado, disfrutando. 

Después de un rato agarro el teléfono y abro Instagram. Lo primero que me aparece es una publicación de ella de hace apenas unos minutos. Es sobre el otoño, su estación preferida. Pero también sobre la aceptación, la calma y el cambio. Pienso que tal vez ese mismo día los dos pasamos por algo parecido.

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