La ficción Argentina

De repente me parecen raros los países. Las ciudades son algo tangible, al igual que los barrios, los pueblos, el mar y las montañas, ¿pero los países? ¿Dónde está Argentina más que en nuestras cabezas?

De repente me empiezo a desvincular de la noción de nacionalidad y me percibo con más fuerza como humano, como editor de video, como porteño e incluso como latinoamericano, antes que como argentino. 

Sin duda los países existen, están dibujados en los mapas y tienen banderas. Pero en mi cabeza los imagino más débiles que antes. Y entonces empiezo a imaginarme que las provincias cambian de opinión y van a probar juntarse de otra manera.

Me imagino que Corrientes, Misiones y Formosa se juntan con Paraguay; que Buenos aires y Entre Ríos se unen con Uruguay; San Juan y Mendoza se juntan con Chile y le hace una pancita; Córdoba, Santiago y Santa Fe hacen países aparte, al igual que la Patagonia y La Rioja. Ninguna provincia se junta con Brasil, que se yo, supongo que por el idioma. Tucumán se une con un país de otro continente.

Justo este año había decidido que no me importe el mundial de fútbol. Que por primera vez no voy a participar de este delirio colectivo del que fui parte con tanto entusiasmo desde Italia ’90 y su álbum de figuritas del que solo me faltó una para completarlo. 

Ya había logrado sin demasiado esfuerzo que no me importe el fútbol y no enterarme de los resultados de los partidos. No sé los nombres de los jugadores de Racing y apenas me enteré de que estuvo cerca de salir campeón. A veces escucho gritos y horas después me entero que eran porque jugaban Boca y River, los dos equipos más masivos de la ficción argentina. Y un poco antes de eso, no supe que se jugaba la Copa América hasta que empezó. 

Las noticias del trabajo esclavo para la construcción de los estadios de lujo en Qatar fue la gota que rebalsó el vaso. De repente dije, wops… un momento… ¿Por qué nos importa más el fútbol que los derechos humanos? Y entonces me encontré viendo todo el circo mundialista desde afuera. Era como si hubiera pasado a otro plano de realidad o a otra dimensión. 

No es que antes todo esto no fuera evidente. Es solo que yo, como tantxs otrxs, no lo veía de esa manera ya que formaba parte de de ese sistema. Ver los partidos de la eliminatoria, saber los días que faltan para el mundial, empezar a palpitarlo con las publicidades nacionalistas como las de cerveza Quilmes y juntarse con amigxs a ver los partidos de la selección.

No pude comprobar si para la construcción de los estadios murieron o no miles de trabajadores a causa de las condiciones extremas o solo unos pocos, ya que las información sobre Qatar es bastante vaga y oscura. Pero es bastante verosímil que esto pueda suceder en un territorio regido por una oscura monarquía absolutista donde las mujeres tienen que salir cubiertas bajo pena de calamidades y la homosexualidad es perseguida y castigada.  

Y de repente, de un día para el otro, Luis aparece en una videollamada con la camiseta de Messi y me cuenta que está juntando figuritas del mundial. Después de años de no querer patear una pelota y de no querer ver los partidos conmigo, ahora está fascinado por figuritas con caras de jugadores de fútbol que ni conoce. Las figuritas más aburridas del mundo. 

Y yo, después de semanas de asombro por cómo todos se desesperan por conseguir figuritas y por el espacio que le dan al fenómeno bizarro en los medios masivos (al punto de tener móviles en vivo dedicados al tema), me encuentro preguntando en los kioscos a ver si tienen para llevarle a mi hijo.

Finalmente consigo en el mercado una estación de servicio, dónde si comprás diez paquetes por $2000 te regalan el álbum. El tipo que está adelante mío había pagado $3000 solo por el álbum el día anterior en otro negocio. Le digo que ya está, que piense en otra cosa. Ya no solo se trata solo de dinero, sino de trabajar para encontrar dónde venden. 

Cuando lo veo a Luis le doy cuatro paquetes y solo le toca una repetida. Estamos un rato pegándolas. Las que más le gustan son los escudos y las que más quiere tener son las de los jugadores argentinos. Y en especial la de Messi. En apenas unas semanas, adquiere la noción de argentinidad y ahí estamos todxs listos para seguirle la corriente. También aprendió a contar mejor y sabe el nombre y la bandera de muchos otros países. 

Después salimos a caminar de noche por City Bell. Pasamos por una de las plazas circulares y vamos hasta la estación. Cruzamos por el puente y vemos el tren desde arriba. Corremos por los túneles debajo de las vías y cuando caminamos de vuelta a la plaza, me dice que ya quiere tener siete años. Le respondo que no hay apuro, que es lindo ser un nene. 

Me dice que en realidad lo que le gusta es la vida.

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