Hay tantas cosas de las que me dan ganas de escribir esta semana que no sé por dónde empezar ni qué dejar fuera. Justamente un editor es quién tiene el trabajo de elegir qué es lo que se publica y qué es lo que pasa al olvido. Así que aquí vamos.
El domingo pasado quise sacar entradas para ver Argentina, 1985 ¡Y estaban todas agotadas! (al menos las de mis posibles salas y horarios). Hacía bastante que no iba al cine a ver una película en la que no hubiera trabajado, pero esta me parecía que era una película importante, tal vez la película argentina más importante de la historia. Quería el ritual del cine tradicional y completo.

Esta escasez de entradas me hizo acordar cuando mi mamá me llevó a ver la película francesa Recursos Humanos, a la salida del colegio. Fuimos a una sala de la calle Lavalle -una sala grande- y estaba colmada. Al finalizar, el público aplaudió con ganas. Muchas ganas.
Siempre me pareció muy llamativo aplaudir en el cine, sabiendo que ni quienes la dirigieron ni quienes actuaron están presentes. Pienso que el público en el cine se aplaude a sí mismo. Que al aplaudir nos comunicamos con los demás espectadores. También están los que ríen exageradamente o tosen adrede y quienes hablan en vos alta manifestando su desprecio por la película y por el prójimo.
El martes me llama la atención una noticia. El dueño de una escuela privada despidió a estudiantes con discapacidad bajo el argumento de que «bajan la vara». Me parece un espanto por dónde se lo mire y me hace pensar en lo público y lo privado. Parece una dicotomía pero hay muchísimos matices entre lo absolutamente público y lo despóticamente privado. Confío en que se puede ser el dueño de una escuela privada sin ser un sorete.

He aquí un pequeñísimo matiz imaginario, bastante horrible, pero levemente menos:
Interior. Casa de country. Noche. El dueño de la escuela, tal vez borracho o pasado de merca, piensa sobre su modelo de negocios: «Uffff… que perno estos discapacitados mentales que están bajando las calificaciones. Por qué garcha se me ocurrió aceptarlos en mi escuela de lujo… Ah… sí, ya sé… porque en ese momento tenía pocos clientes y me venía bien el dinero. Bueno, a partir de ahora no voy a aceptar más discapacitados pero a los que están me la tengo que fumar… Voy a dejarlos terminar la cursada.»
Un ser que piense como el que acabo de imaginar me parece espantoso, pero dentro de los parámetros humanamente tolerables. Al leer los pormenores en la nota publicada por Clarín, no me sorprendería enterarme que el dueño de la escuela es un robot o un lagarto de la serie V, invasión extraterrestre. De verdad preferiría eso. Me dejaría mucho más tranquilo que asumir que en el siglo XXI existen humanos como el dueño de esta escuela.
Al día siguiente, mi amiga Marcela De Grande (supongo que el apellido hace referencia a algo más que a su estatura) escribe sobre esta y otras noticias horrendas en su cuenta de Facebook. Ella es una mujer de teatro y actualmente tiene en escena una obra en clave absurda sobre la maternancia, llamada Cáspita, Soponcio:
«A medida que pasa el tiempo, encuentro en la prensa noticias que superan ampliamente lo que imaginé (…) ¿Lo que me parecía un código absurdo terminará siendo realista? ¿O lo real se está zarpando de cruel y de absurdo?»
Podés leer la nota completa de Marcela, acá.
Desde hace tiempo encuentro más atractivo en la supuesta realidad que en la ficción (que no deja de ser una porción de lo que llamamos realidad). De hecho, a veces creo que somos parte de una gran obra y que les dioses telespectadores se entretienen al ver lo que hacemos. Incluso creo que nos pueden rebobinar o editar a voluntad. También creo que está en nosotrxs ofrecerles espectáculos más interesantes que las guerras y la violencia, si es que acaso eso fuera posible.
El jueves finalmente logro ir a ver Argentina, 1985. Siempre me gustó entrar al cine al atardecer y salir de noche (e ir a comer pizza). Ya en nuestras butacas, Marina me pregunta que expectativas tengo y le digo que espero ver una película importante (sí, ya sé, a usted que está leyendo ya se lo dije, pero a ella no se lo había dicho aún).
Creo que la primera vez que lloro es cuando aparece la ESMA, representada en un papelito. Y desde entonces no paro. De todos los horrores del terrorismo de estado, este es el que más me conmueve por su grotesca cercanía y sincronía con el mundial de fútbol. Un montón de gente siendo torturada de la forma más vil a pocos metros del estadio en el que tantos festejaban el campeonato mundial. ¿Cuál es la ESMA que en este mundial 2022 estamos eligiendo no mirar?
Argentina, 1985 fue concebida por dos de las personas que más admiro en el campo del cine: su director Santiago Mitre y su co-guionista Mariano Llinás. Además actúa Ricardo Darín y todxs les personajes están geniales. Les humanxs tienen un tratamiento hiperrealistas, mientras que los diabólicos son caricaturescos. Y sin ánimo de espoilear, esta película me parece tan cercana a la perfección que hasta su fecha de estreno, el momento de la pizza y el de los aplausos parecen cronometrados.

Sin embargo, me pregunto dónde está la crueldad y el sadismo que durante la dictadura tuvo rienda suelta. Y claramente está. Está entre nosotrxs y muy cerca. Está tanto en el policía inescrupuloso que pasa con su moto por encima de una persona, como en el dueño inescrupuloso de una escuela que despide a sus alumnis, como en el político inescrupuloso que sostiene que su prójimo tiene derecho a morirse de hambre, mientras exalta la violencia en cada uno de sus discursos.
El viernes, en el diario, le pregunto a mi posible futuro amigo Leo qué le pareció la película y me dice: «Sí… está bien». ¡¿Bien?! ¡¿Solo bien?! Andate freír churros, Leo… Y mientras estoy pensando esto me aclara que no le gusta casi ninguna película argentina, ni es muy cinéfilo. Así que bueno, supongo que en boca de Leo «bien» es un montón.
Cerca del cierre de esta edición, veo en el feed de Facebook que la obra de mi amiga Marcela De Grande (la petisita de la maternancia) se cancela por razones de «fuerza mayor». Me preocupo, porque asocio fuerza mayor con muertes y huracanes. Entonces le escribo por WhatsApp para ver cómo está y me me dice que simplemente había una actriz que se sentía mal.

Sin embargo, intuyo que se queda un poco compungida por mi preocupación y la de otras personas al ver el anuncio de Facebook. Al rato me escribe diciéndome que el técnico está con mucha fiebre. Me empiezo a preocupar más. Los acontecimientos acomodándose al relato, ¿hasta dónde? Empiezo a tener miedo de que alguien muera o venga un huracán para justificar el flyer de cancelación de la obra.

Hace un tiempo le conté a Marina que en epistemología el pensamiento mágico sería algo opuesto al pensamiento racional o científico. El pensamiento mágico sería la superstición o la religión. Le pareció una lástima, «suena tan bien el pensamiento mágico».
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