Esta es la semana en la que pienso dejar el blog. Siempre me pasa lo mismo con todo. El momento de incertidumbre y duda. Tal vez el momento en que pasa el entusiasmo inicial. ¿Para qué hago esto? ¿A quién le importa? ¿De qué sirve?
Ahora quiero hacer otra cosa: un podcast en el que hablo con personas de diferentes partes del mundo. Y sé que cuando empiece a hacerlo, al poco tiempo voy a aburrirme y querer hacer otra cosa: tal vez una agencia de shitposting, o una empresa que se dedique a hacer formas de colores, como aquella en la que trabaja el papá de Peppa Pig.
Mi papá decía que éramos la generación del zapping. Eso ya es una antigüedad: cambiar de canal de televisión constantemente mediante el uso control remoto. Sin embargo, él se refería al estar todo el tiempo inquieto, al no poder concentrarse en algo para ir en profundidad. Pasar rápido de una cosa a la que sigue. Y ahora las redes sociales implican la exacerbación de ese zapping. Y me encanta.
Me acuerdo de las tareas de plástica en primer año de la secundaria: tener que hacer un dibujo técnico super preciso con tinta y terminar abollando la hoja ante el primer error, frustrado. Creo que yo había elegido hacer un alcaucil. Abollé muchas hojas en mi vida pero con el tiempo me di cuenta que podía aprender algo de todas esas experiencias en apariencia fallidas, aunque no hubieran llegado al puerto que me había trazado al salir.
A finales del año pasado se cumplieron 20 años de egresados del colegio secundario y mi división logró reunirse casi en su totalidad en un grupo de whatsapp: La Octava. Nuestro colegio es bastante grande, cada año tenía doce divisiones repartidas en tres turnos. Solo hubo un compañero, Lucho, que no aceptó sumarse al grupo. Por su puesto, me encantaría que algún día se sume o al menos me gustaría saber más de él, ya que fue una persona importante en mi vida.

Incluso se sumaron con entusiasmo algunos compañerxs que se habían en diferentes años se habían quedado libres y se habían cambiado a otros colegios. El caso más extraño fue el de Martín Cho (sic), que era un compañero de origen coreano que que se quedó libre en primer año. Mar-tín- cho. Tin-cho.
Recuerdo muy vívidamente una charla con él, parados en el recreo al frente de un aula cuando me contó que tras dejar Corea, su familia había vivido algunos años en Egipto antes de llegar a la Argentina. Y así y todo hablaba muy bien el español y había logrado entrar en un colegio bastante exigente.
Martín Cho se mostró muy entusiasmado al principio con esta reunión en whatsapp, incluso intentó conseguir pasajes desde Bolivia para acudir a la fiesta de egresados, pero sin embargo fue el primero en abandonar el grupo. Se me ocurrió escribirle por privado, pero tampoco respondió. ¿Qué le habrá pasado?
Empecé a dudar si quien se unió era el verdadero Martín Cho o era una especie de ciborg cuya misión era recopilar datos de este grupo tan especial. Sin embargo, quienes se encontraron con él para compartir unas pizzas en Güerrín no abalan esta hipótesis.
En cualquier caso, fue un logro muy grande haber reunido a tantxs compañerxs de la secundaria, tanto tiempo después. De repente estoy en un grupo con artistas, científicos, empresarias, abogados, economistas y profesores a quienes conozco desde la adolescencia. Eso que tal vez hoy por hoy nos parece tan natural, a mi me parece algo de ciencia ficción.
Un compañero que ahora es director de cine me cuenta que aquella profesora de plástica (la que me enfrentó el alcaucil de la frustración) fue quien nos introdujo por primera vez al concepto de «meme», antes de que se popularizara el término con la acepción con la que lo asociamos principalmente hoy en día. Un meme sería la unidad teórica más pequeña de información cultural.
Algunos recuerdan a esta profesora como antisemita (sin duda tenía una cuota importante de xenofobia). Yo la recuerdo entrando a clases después de una jornada electoral cantando la marcha radical. Otro, que hoy es baterista de jazz, nos cuenta que apareció en la televisión porque el encargado de su edificio martilló la cabeza.
La película de la Octava ’96 es una de las tantas películas que me gustaría que exista y me da fiaca hacer. Creo que tenemos muchxs personajes interesantes. Uno de ellos es Rodo, un pintor cuyos cuadros algún día tal vez se cotizan en cifras abultadas de alguna moneda nueva que aún no existe.

IG: @gruporaiim
Otro de nosotrxs es Chelo, un líder natural y crack del fútbol que guio a nuestra división a ganar tres títulos en cinco años en un torneo de fútbol interdivisional bastante competitivo. Ahora es profesor es profesor de historia y está incursionando en la producción audiovisual. Hace poco vi una foto de él rodeado por sus alumnos y, al principio, flashié que era una foto de nosotros en el secundario. Enseguida me di cuenta de que Chelo estaba más grandes. Y de que era otro colegio. Cualquiera, nada que ver.

La historia y el cine están sumamente relacionados porque… bueno, por cuestiones obvias. Se me ocurre que todo profesor de historia debería tener un editor de cine asignado que lo ayude a viajar en el tiempo con plena libertad. O que le edite trailers que atraigan a sus alumnis a asistir a cada clase como si se tratara de una película o un videojuego.
Un día de estos me detengo en la puerta del diario Clarín unos minutos antes de entrar a trabajar. Veo como un repartidor sale enojado por la propina que le acaban de dar. Abolla con furia dos billetes, uno de 10 y otro de 20 pesos, y los arroja sobre la bicisenda. Pienso en sacarle una foto a esos bollitos de dineros cargados de frustración, pero la imagen fija es mucho menos elocuente que la acción que acabo de ver. Mientras dudo, sale del edificio una señora de mantenimiento, agarra los billetes y vuelve a entrar mientras intenta alisarlos.
Desde hace tiempo que resuena incesantemente en mi cabeza el aforismo de Friedrich Nietzsche: «No hay hechos, solo interpretaciones». Supongo que lo que para una persona es frustración, para otra es una oportunidad y para otra es parte de una película. Me gusta pensar que el periodismo cinematográfico es aquel que sabe que al escribir está creando el mundo. Y además lo asume plenamente.
También resuena un tema de la banda Divididos, que forma parte del disco «La Era de la Boludez». Vaya título, Justamente sus letras son una sucesión de metáforas, en apariencia random, apoyadas por una música super sólida, inapelable. Cuando la mentira es la verdad, el bien y el mal definen por penal. ¿Qué ves cuando me ves?
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